Tuesday, August 22, 2006

El mitificador.

El narrador- El mitificador está en el asiento de atrás, escondido como en el cuarto de al lado. Que le permite vigilar la pretensión torpe sobre los pechos de Claudia. El aire denso, el gusto rancio de la tensión lapidaria.
Mario es extremadamente terco, para él el final es siempre el mismo y lo que pueda llegar a pensar mucho no me importa.
Después la tontera de Claudia que este viaje lo comenzó mañana, y que mañana está lejos y se asusta, entonces necesita que la toquen a modo de contención por que si estalla, los sollozos pulularan de una tosquedad facial aborrecible.
Alejandro es muy despierto para este tipo de espectáculos. Habría que tenerle un poco de miedo, y fíjense que digo miedo y no otra cosa. El podrá escribir todo aquello que entumece la circulación de la sangre, como que el llanto es forzado pero lo dirá solo por que está molesto, que es una molestia la actuación morbosa y a ninguno de los dos le gusta y solamente está por uno o dos capítulos del libro.
La cadencia del silencio nos la dio un tema en la radio. Un jazz desarticulante, que nos permite desnudarnos, devorar la ruta con los ojos cerrados, olvidarnos de las urnas, de los libros de francés, de las quejas de Mario sobre el sonido pedante, que aunque deleita y no le gusta, a nosotros nos gusta y Mario se puede ir a la mierda.
A mi lo que me ablanda es el delicado armado del porro. Los dedos de Claudia cuando se queda sola, así se encierra en un calabozo de vivos, oscuro y pálido a su vez. La droga no debe ser agobiante, necesita de la misma serenidad que acompleja y nos hace trocar en función de la anestesia. El papel es la comunión entre estabilidad y torpeza, el giro hacia la izquierda, la punta mínima en la boca mientras la otra arde pomposa y sin prisa. La risa y los silencios son manejables, siempre, y confía ciego, en que habrá un respiro cansado, ganas de dormir o sueño.

Claudia- Está muy bien. Entiendo muy bien lo que decís, pero faltan cosas.
Alejandro- Yo no te voy a explicar nada, si vos viste lagunas entre palabras.
Claudia- No. No entendés. Yo te quiero decir que lo que vos escribís está bien.
Alejandro- Es difícil no caer en la tentativa de una escritura industrial o regional, lo mío es, decir boludeces para no caer en lo típico.
Mario- Pero a veces son muy buenos.
Alejandro- ¿Qué cosa?
Mario- Esos libros comerciales.
Alejandro- ¿Por?
Mario- La poética, o no. La investigación, el ingenio.
Alejandro- ¿Que sabes de poética, imbécil?
Mario- Pará.
Alejandro- ¡Anda a leer la Biblia!

El narrador- Esta es la mejor de las maneras, es considerada, y ¡por dios! que es mucho más que eso. O sea, se afronta mejor la tragedia. Mario empezara a olvidar, el motivo de este viaje. Peleará con Alejandro sobre las posibilidades del arte, se lo escuchará decir “es que vos no distinguís el símbolo de la cosa cierta” y todos reiremos lejos de cualquier sospecha, de la mirada inquisitiva, lejos de este chico Mario, triste por que su padre a muerto, que vino a buscarme porque su padre ha muerto, mientras claudia se acerca virginalmente para terminar morboseando entre mis dedos y mis malas intenciones.